Un ángel me da el alto
agazapado tras unos matorrales
al salir de la autopista Tus Ojos
327.
Detengo el corazón en un arcén
y desciendo hasta la realidad
marrón y gris plomiza.
Saca su talonario,
apunta en una esquina mis
datos personales
y me impone una multa
por exceso de felicidad.
Me mira con dureza mientras
prepara
un extraño artilugio
en donde me hace soplar.
Y al ver que el sensor se ha
vuelto rojo,
me inmoviliza
hasta que baje el índice de
poesía en la sangre.
JUAN BALLESTER PALAZÓN es madrileño y licenciado en Derecho por la Universidad Autónoma que tiene en su haber diversos poemarios y más de un centenar de cuentos publicados en antologías, periódicos y revistas. Ha conseguido, además, una decena de premios que avalan la buena calidad de su obra, básicamente un canto lírico a lo cotidiano y a lo sencillo, que a la vez es lo más intangible y lo eterno. Podéis seguir leyendo poemas tan hondos y bonitos como éste en su blog: http://ballesterjuan.blogspot.com/
Al rebasar los cuarenta, esas sencillas reglas de comer, dormir bien y gozar en las que has basado la conducción rutinaria de tu existencia se tambalean, ahora aturdidas por el brillo ámbar del semáforo que te anuncia la proximidad de la muerte. Será entonces cuando aprietes con furia el acelerador del éxito, desprovisto de sentido el freno de mano humilde que otrora te otorgaba la serenidad justa para seguir conduciendo por felices carreteras secundarias. Y aunque te sientas bien aferrado al volante, corriendo firme y seguro sin semáforos ya que puedan pararte, no tardarás en recibir multas y pitadas. Pues nunca se vio autopista libre de competidores, ni de radares.
EL GRAN LIBRO DE LA POESÍA ESPAÑOLA PARA LA EDUCACIÓN VIAL
FLORES EN LA CUNETA.
ALEJANDRO CÉSPEDES.
XXV Premio Jaén de Poesía.
Hiperión, Madrid, 2009.
88 páginas, 9 euros.
ISBN: 978-84-7517-955-1
TE HARÁ FELIZ O TE DEVOLVEMOS TU DINERO
Fran le pide dinero a su padre para salir.
En el recreo fuma con Martin dos petas para celebrar su cumpleaños.
Se dan de hostias con tres colegas por una chorrada que dijeron a cuento de la edad.
Los compañeros los animan. Lo graban con el móvil. Ganan ellos.
Pasan de las últimas dos clases y continúan la fiesta en los billares. En los televisores de la sala de juegos están pasando el anuncio de un coche. Fran invierte las monedas de su padre y las duplica en una tragaperras.
- Un día de puta madre.
Compran en un chino una botella de Cacique, unas coca-colas, una navaja.
Mientras beben en el parking de una gran superficie ven un coche igual que el del anuncio.
- Martin, ¿nos hacemos felices?
Fran y Martin.
Felices.
Abren el coche con la navaja nueva.
La ciudad se abre de piernas ante ellos.
No necesitan saber nada más. Hay un mundo perfecto y puede construirse a su medida. Cuando todo alrededor es tan espléndido sólo puede ser designado con nombres muy pequeños, y su vocabulario también está pensado a su medida: coche, música, petas, priva, pasta en el bolsillo.
El sol, que tampoco distingue lo diverso, rebota en el contorno de su coche. Sobre el lado contrario de la carretera ven su sombra pero no saben que es todas las sombras.
Fran y Martin.
Felices.
Siguen acelerando.
Las ventanillas, aun después de que han sido cerradas conservan la memoria de su hueco. Ven su mundo correr por esos ojos y tienen la certeza incuestionable de que ellos son el mundo. Quieren salvarse solos y son igual que brasas sacadas de una hoguera.
A partir de este instante, Fran y Martin ya no sabrán qué ocurre. Algunos lo veremos. Los informativos de las 15 h empezarán con la noticia desde la puerta del instituto. Harán una entrevista a varios compañeros.
Las imágenes son de una carretera que discurre por un paisaje idílico. Al fondo de un barranco hay un rastrillo de cosas esparcidas, expuestas a la intemperie de los ojos de una bandada de cuervos.
El árbol ya es ceniza de un fuego consumido.
Esta noche habrá viento.
Lo revolverá todo.
La madre de Fran no quiso verlo. Ha dicho que, para ella, el mundo a partir de hoy será como vivir dentro de un cuadro en el que siempre llueve. Fue el padre el encargado de recoger las pertenencias. Una navaja, un teléfono móvil, la mochila con los libros de clase, un pantalón con un bolsillo lleno de dinero.
Aprieta las monedas para poder pensar que está tocándolo. Las guarda en una caja como recuerdo de lo último que tuvieron los dos entre las manos.
Nunca sabrá que no son las mismas.
Después de las noticias vuelven a pasar por la tele el mismo anuncio.
El AUTOR
ALEJANDRO CÉSPEDES (Gijón). (www.alejandrocespedes.es). Además del “Jaén de Poesía”, ha obtenido los premios de la Crítica de Asturias 2009 y “Blas de Otero” 2008 por Los círculos concéntricos (AEAE 2008); Hiperión en 1994 y “Ángel González en 1984. De sus diez libros publicados destacan: Sobre andamios de humo 1979-2007 (Vitruvio 2008); Hay un ciego bailando en el andén (Hiperión 1998); Las palomas mensajeras sólo saben volver (Hiperión 1994) y James Dean, amor que me prohíbes (Pamiela 1986).
EL LIBRO
FLORES EN LA CUNETA es un libro crudo, original, hondo, agónico y a la vez inquietantemente hermoso en su visión descreída del dolor humano y de su fragilidad, puesta de manifiesto en los accidentes de tráfico aquí analizados como símbolo de la circunstancialidad y la repetición del ciclo de la muerte en esta veloz sociedad de consumo. Los lemas publicitarios, aquí sugeridos mediante el lenguaje poético, nos hacen identificar el bienestar, la felicidad, el amor, con la posesión de un determinado objeto, en este caso esos mismos vehículos que pueden conducirnos a la lápida. Un libro arriesgado, único y necesario en las aulas.
VIDEO CLUB PARA LA EDUCACION VIAL. LOS AMANTES DE LA NOCHE
LOS AMANTES DE LA NOCHE (THEY LIVE BY NIGHT) de Nicholas Ray
El gran director que luego sería Nicholas Ray debutó con esta película sobre la Era de la Depresión norteamericana, una especie de versión expresionista de la novela de Edward Anderson, poco conocida, titulada “Ladrones como nosotros”, escrita en 1937. El film de Ray, calificado como de tragedia social, estaba preparado para distribuirse en 1948 bajo el título de “Carretera tortuosa” (the twisted road), pero la RKO aparentemente pensó que no tendría éxito y decidió guardarla; es sólo que luego, distribuida en Inglaterra, llegó a convertirse allí en todo un acontecimiento para la crítica, y por ello el estudio decidió cambiar de opinión y estrenarla también en los Estados Unidos en 1949.
Contemplada ahora como la versión más temprana del Bonnie and Clyde, road movie creando género propio como ocurre con You only live once (Sólo se vive una vez), presenta a la chica Keechie (Cathy O’Donnell) y a su novio Bowie, (Farley Granger) un joven convicto fugado, como inocentes condenados tratando de escapar del destino que los persigue, en busca de un refugio donde pueda nacer el hijo que están esperando y poder empezar así una vida decente u honesta. Film de un Ray ya sabio que logra dotar de una tensión singular a la película, dentro de una armazón cerrada que nos produce al contemplarla esa tensión, esa sensación innata de que el desastre final en el que acabarán los personajes será inminente. Esta película de cine negro, tan elegante, es muy poderosa emocionalmente, aunque también simplista en su argumentación: la sociedad es la única culpable porque destroza fatalmente a estos seres frágiles.
Como curiosidad cinematográfica destacaremos la primera escena con los personajes de Bowie y sus amigos, R-Dub y Chickamaw, escapando de la prisión en un coche robado porque fue la primera vez que se llevó a cabo su rodaje desde un helicóptero, aunque hay que hacer constar que no fueron pocas las novedosas experimentaciones técnicas de Nicholas Ray en este film, tanto de imagen como de sonido. Quizá tratando de emular en ello a su admirado Welles en Citizen Kane.
Robert Altman asimismo realizó una nueva versión de la novela “Ladrones como nosotros” en 1974. Pero esta es ya otra historia y otra película muy diferente.
FICHA TÉCNICA
Director: Nicholas Ray
Producción: John Houseman
Guión: Edward Anderson (novela “Ladrones como nosotros”), adaptado por Nicholas Ray y Charles Schnee.
Actores: Cathy O’Donnell, Farley Granger, Howard da Silva
Música: Leigh Harline
Fotografía: George E. Diskant
Productora: RKO Radio Pintures Inc.
Duración: 95 minutos
Blanco y Negro
(Capítulo 35 de la novela El Rock de la Dulce Jane)
Salí corriendo; escudriñé los pilotos de don Nuño, que se perdía en la noche; y, sin apenas enterarme de lo que estaba pasando, vi cómo Melitón se calaba el tricornio en el alma, avisaba a Tráfico, colocaba la alcachofa en el techo y me empujaba al volante, mientras señalaba al marqués que desaparecía en el tobogán de la 330, su ruina, porque no es que mi cafetera corra, pero en las cuestas vuela, que ya sabe lo que dice el refrán: cuesta abajo la mierda corre. Estuve siguiéndolo un buen rato y, de pronto, al ver que no se podía deshacer de nosotros, frenó un segundo, se pasó al carril de subida y comenzó a bajar.
Fue cuando Melitón destapó su cara de flauta.
-¿Pero, a qué espera?
“Está visto que nací de culo”, me dije. Porque el maldito puerto no es que sea un paseo marítimo. El puerto de Monrepós es un tramo de veintitantos kilómetros y doble dirección a hostias con el progreso, que no ha conseguido reducir a autovía a tanto precipicio, de modo que jugar a las carreras allí, es como jugar al teto con una lumi sin condón. Además, algo me decía que bajar por donde iba, era un suicidio, pero circular por el lado derecho, todavía peor pues significaba estrellarse contra los que subían y se habían cambiado para esquivar al marqués. Así que, después de unos instantes de vacilación, me metí en la misma dirección contraria en donde un año antes había comenzado el caso, consciente de que a poco que me despistara, podía acabar de vecino de la hija de don Nuño, es decir, en el jodido Huerto del Señor.
Una tormenta tosedora y sin lluvia despejaba el camino en el cielo mientras me embargaba una terrible pero feliz inconsciencia al ver pasar tan rápido el río, los moteles, las gasolineras, los túneles, los despeñaderos, e intentar esquivar aquel mundo, mi mundo, aquellos monstruos, mis monstruos, que se abalanzaban sobre mí empeñados en absorberme con sus gritos y sus faros. Durante unos minutos, llamé a las puertas del cielo disputando la noche, el día, las montañas, las estrellas y las sístoles y diástoles de mi corazón con aquellas luciérnagas. Durante unos minutos, fui árbol, piedra, curva, luz, sombra, vivo, muerto, euforia y terror.
Mientras tanto, Melitón se desgañitaba gritando con el rostro pegado al parabrisas:
-¡Más rápido! ¡Más rápido!
Me cagüen los huevos de Buda y el reino vegetal, me dije seguro de que el muy mamón ya estaba pensando en dónde aterrizar en la siguiente reencarnación pero sin pensar en que algunos preferimos el tren, esto me pasa por juntarme con gente tan rara. Sin embargo aquello no había hecho más que empezar porque, de repente, un camión que subía trabajosamente la cuesta, decidió mantenerse en su lado; a la vez que un turismo que acababa de adelantarlo, se mantenía en el izquierdo para evitar aquellos coches que bajaban en dirección contraria. Las dos direcciones quedaron taponadas. Intenté pensar en mi mujer, en mis padres, en mi casa..., pero lo único que me vino a la mente, ya sé que no es muy heroico, fue la nómina de mierda que me había llevado a aquel sitio haciéndome un pringado hasta para palmarla.
-¡Ves lo que pasa por hacerte caso!- le grité a Melitón.
Pero el guardia civil no estaba dispuesto a trasmigrar.
-¡Gire todo! -chilló- ¡Dé la vuelta!
Como pude, cerré la cremallera de la dirección y el viejo Volkswagen patinó sobre el asfalto con gran chirrido de ruedas y tirabuzones hasta estrellarse contra la valla quitamiedos mientras don Nuño intentaba en vano hacer lo mismo cien metros delante y terminaba estampándose contra aquel camión que hacía sonar el claxon como un barco ebrio en la tempestad. Apagué el motor y, mientras las llamas desgarraban la oscuridad, comencé a correr hacia el amasijo de hierros en que había quedado convertido el coche del antiguo diputado en Cortes, consejero de uno de los bancos más importantes del país, ilustre concejal del Régimen y marqués de Monrepós. Me acerqué al camionero que bajaba blasfemando; asistí a la conductora del otro turismo que vomitaba; comprobé que estaban bien; y me encaminé hacia aquella columna de humo, hedor a cabello socarrado y futuro imperfecto, que se elevaba al cielo como desde la pira de un antiguo monarca.
-Don Nuño... -musité.
Las tinieblas espesaban el silencio.
Acerqué la oreja a su pecho y noté que aún respiraba.
-Don Nuño...-repetí.
Entonces, el marqués pareció despertar de un sueño tormentoso y me miró extrañado como si estuviera ante el guardián de las puertas de la vida que se cerraban, se cerraban para él.
-Mi hija... -gimió.
Intenté explicarle que no se preocupara, que nadie más la molestaría; pero no me escuchaba.
-Dios mío, -balbuceó con la garganta encharcada de sangre- mira que morir aquí...
Confieso que me arrepentí de no haberlo dejado escapar. Confieso que me avergoncé de mi ridículo afán de justicia que no era otra cosa que el desquite de mi dignidad. Confieso que, de haber sabido lo que iba a pasar, no hubiera dudado en dejarle marchar aunque con ello contradijera esas leyes que los que son como él me exigen mantener.
-No se preocupe -mentí tan mal como siempre- .La ambulancia está a punto de llegar.
El marqués de Monrepós esbozó una sonrisa.
-Mi hija...
Y no sé por qué, pero pensé en la serpiente enroscándose en don Rodrigo para arrastrarle a la tumba. Pensé en Mariola estampándose en la noche. Pensé en Pepe y en Abel y en Luisito y en Florinda. Pensé en que todos e incluso usted que me lee, doctora, somos mentira, romance, y en romance hemos de parar. Pensé en que todos, vivos o muertos, soñados o escritos, somos ilusión, apariencia, fraude, un timo a la eternidad.
Un relámpago sigiloso como una serpiente caligrafió el Pirineo.
-Se está muriendo -me sobresaltó la voz de Melitón a mis espaldas.
Don Nuño de Monrepós Pérez o Pignatelli, qué más da, si al fin y al cabo todos somos animalillos atrincherados detrás de un nombre y un apellido, agonizaba. Cuánto me hubiera gustado, doctora, ser en aquel momento un político en tiempo de elecciones, un vendedor de seguros, un especialista en oncología. Cuánto me hubiera gustado saber mentir. Cuánto me hubiera gustado poderlo consolar. Pero sólo era un madero, no un cuentista. Un polizonte, no un escritor. Y sólo se me ocurrió decir:
-No se preocupe. Pronto la verá.
El marqués abrió mucho los ojos, me agarró la mano y quiso decir algo. Algo que le devolvió la paz a su rostro. Algo que recompuso el puzzle de sus facciones como si acabara de recuperar su mundo caballeresco adonde nunca más llegarían los indios ni los hombres de Muza. Como si acabara de recuperar su hija adorada y perdida en sus convicciones ajenas. Como si acabara de recuperar su reino de romance de donde nunca más tendrían que marchar.
Nuevo texto de gran utilidad por su detallismo para que reproduzcamos en clase este accidente tan bien descrito y las razones por las que se produce: Se trata de una persecución a gran velocidad, por una carretera de doble dirección y en pendiente, pero sobre todo teniendo en cuenta que el policía conduce temerariamente por el lado derecho, el medio habitual utilizado por kamikazes depresivos y asesinos, banzais integristas que, afortunadadamente, aparecen muy de tarde en tarde por nuestras carreteras. Y lo habitual en este tipo de casos, porque a los vehículos perseguidor y perseguido se les unirá de improviso otro turismo y un camión, fundamental en la historia, pues contra él terminará estrellándose el vehículo perseguido con resultado de muerte. La pregunta interesante qué debemos hacernos, sobre la verosimilitud del texto, es si un policía, aún buscando la captura de un peligroso delincuente , es capaz de conducir de esta manera suicida. Yo creo que no, pero hemos de someterlo a debate en clase. Angeles Prieto Barba
No todas las cosas que se dicen son verdad, por lo que no puede uno creerse todo lo que le digan. Algunas veces la gente miente y otras veces la gente cree cosas que no son ciertas, pero como lo han venido oyendo de siempre, pues están convencidos de que lo son.
Con respecto a las bebidas alcohólicas hay muchas creencias y mitos que están totalmente equivocados y que es conveniente saber.
Por ejemplo, hay gente que piensa que como el alcohol engorda, es un alimento. Error. Cierto que engorda, pero no alimenta nada.
Además hay quien cree que, como bebiendo alcohol se suda, las bebidas alcohólicas proporcionan calor. Error. Cierto que sudamos, pero porque estamos perdiendo el calor de nuestro cuerpo.
También hay quien opina que el alcohol da fuerza. Error. Cierto es que puede producir una sensación de euforia y alegría, pero se pierden reflejos y produce cansancio muscular.
Y por supuesto hay quien se consuela con el hecho de que, como las bebidas alcohólicas son legales, se toman con mucha normalidad y se pueden comprar en cualquier sitio, no son una droga. Error. Las bebidas alcohólicas son droga, porque provocan cambios en el organismo y crean dependencia.
Otras creencias falsas de las bebidas alcohólicas es que bebiendo un poco abre las ganas de comer, o que son buenas para algunas enfermedades, etc.
DE ACUERDO CON LO LEÍDO, CALIFICA COMO VERDADERO O FALSO.
1. El alcohol disminuye la atención y los reflejos.
2. Para quitarse el frío, lo mejor es tomarse varias copas de licor.
3. Tomar un vaso de vino dulce antes de comer abre el apetito.
4. El alcohol no es un alimento.
5. Tomar bebidas alcohólicas previene enfermedades.
6. Bebiendo sólo cerveza nadie se hace alcohólico.
7. El alcohol da fuerzas.
8. Los deportistas mejoran su rendimiento si beben alcohol.
9. Las expediciones al Polo Norte llevan siempre alcohol para el frío.
10. El whisky previene enfermedades del corazón.
"Katia para el coche en medio de la calle y se estira todo lo que puede para abrir la puerta del copiloto. Desde atrás un taxista le pita con impertinencia. Katia se vuelve y le saca la lengua. Como un relámpago, Elena se mete en el coche con un bolsón más grande que ella y se abrocha el cinturón de seguridad casi antes de sentarse. Vámonos de aquí, dice Elena como si llevase una eternidad esperando ese momento. Baja la visera del parabrisas y se mira un momento en el espejito. Tiene ojeras. Se pone unas gafas de sol demasiado grandes. La niebla ha empezado a levantarse y cuando llegan a Perdiguera luce un pálido sol de invierno y sopla el cierzo. Van en busca de capitanas. -Yo siempre las he llamado volanderas, y me dan alergia cuando florecen- dice Katia. -Seguro que hoy no encontramos ninguna. Pero tiene que ser hoy. Mañana tengo que entregar las fotos- dice Elena mirando a ambos lados de la carretera. –Además quiero que sean capitanas monegrinas, como nosotras. ¿Te acuerdas de aquella que cruzó la carretera como un elefante enloquecido cuando fuimos a Cariñena? Ésa nos vendría bien ahora si hubiese llegado hasta aquí.Katia no contesta. Conduce a toda velocidad y sólo mira la carretera. Paran en Leciñena a tomar un café. La noche anterior se pasaron con el vino. Y el vino dulce de garnacha de Borja fue el remate, porque estaba demasiado bueno como para beber solo una copita. Después del café siguen estando poco habladoras. En los campos de cereal el sementero se ve retrasado. Evitan hacer comentarios sobre la noche anterior porque sería inevitable hablar de la metedura de pata de Elena, que en un momento dado de la cena se dirigió a su novio con otro nombre, el nombre de un viejo amigo de Elena que todos conocen.
El móvil de Katia empieza a sonar encima del salpicadero. Suena y suena pero Katia no se inmuta. Nunca contesta cuando va conduciendo. Elena entonces saca su móvil del bolso y se pone a teclear un mensaje sin dejar de mirar a la cuneta. Luego se lo pone en el regazo para no perderlo de vista. Espera una respuesta que no llega, así que a los dos minutos lo mete en bolso. Katia sabe que a Elena no hay que preguntarle por sus líos. Tan pronto lo cuenta todo como no cuenta nada. Se acuerda de la cara de Javier cuando Elena lo llamó Carlos y él intentó aparentar que no se había dado cuenta de la confusión. Javier, además de ser el eterno novio de Elena, es el hermano mayor de Katia.Para, para aquí, dice Elena cuando están subiendo una curva de la sierra de Alcubierre. Hay un grupo de buitres cerca de la carretera. Saca la cámara y baja con dificultad por un pequeño terraplén donde crecen matojos de romero, tomillo, ontina, y otras especies pinchosas difíciles de identificar en esta época del año. Mientras, Katia se queda junto al coche fumando un cigarrillo. Observa las maniobras de Elena que se aproxima con cautela a los buitres, y tarda unos segundos en reaccionar cuando Elena tropieza y cae de bruces hacia delante. Los buitres salen en desbandada haciendo con las alas un ruido estremecedor. Elena entra en el coche quejándose de dolor y lo primero que hace es comprobar en el espejo que el golpe en la barbilla no es importante. Se alegra también de no haber soltado la cámara en la caída y de que haya quedado intacta. Entonces Katia se echa a reír. –Qué torpe eres, tía. No estás hecha tú para la vida pastoril, por más que te empeñes.En Alcubierre paran a comprar en la pastelería Berdún un tableta de turrón de piñones. Según Elena estos turrones son los mejores del mundo. Katia le da un mordisquito y dice que está muy bueno, pero que ya es hora de ponerse al trabajo. Creen que encontrarán capitanas detenidas junto al canal de Monegros, en esa zona donde se cruza con la enorme recta entre Alcubierre y Lanaja. Pasean un rato por la vía de servicio paralela al canal. No ven ni una sola capitana.-Deberíamos entrar en Lanaja a ver a mi abuela –dice Elena. -Ayer se cayó por las escaleras. Me lo ha dicho mi madre como insinuando que no me quedaba más remedio. Pero se empeñará en que nos quedemos a comer, y luego se hará tarde y ya no habrá luz para las fotos. Aunque las putas capitanas se han debido de mudar todas a Cariñena –dice en tono sarcástico. Siempre que su amiga la lleva en coche se arrepiente de no conducir. No sabe para qué se ha renovado el carné de conducir. Vuelve a mirarse en el espejo del quitasol. Cada vez que lo hace ve en el asiento de atrás la sillita de Baldesca, la hija pequeña de Katia. –Lo que más me gusta de las capitanas –continúa Elena, -es que después de viajar como almas en pena, arrastradas por el viento, pueden volver a echar raíces. En realidad son como Lázaro pero al revés: andan de muertas y reviven para estar quietas.-O están quietas para vivir –dice Katia con cierto tono de amargura. La abuela de Elena está regando los cactus del corral. Levanta los brazos en señal de alegría y sorpresa cuando las ve entrar por la puerta falsa. Dejan el coche junto a la pisadera que ya solo sirve para almacenar la leña del hogar. Esa leña procede de las viñas y olivos arrancados en el último año. A Elena le da pena comprobar cómo la casa de su madre, en otros tiempos activa y bulliciosa, languidece consciente de que se acerca su final. Aun así, la abuela mantiene una aparente ilusión por las cosas. Se preocupa de arrancar las malas hierbas del huerto, de que el almendrar que plantó su marido sea podado y fumigado todos los años, aunque la cosecha sea siempre ruinosa, de retejar la aldea de la sierra para que no caiga víctima del abandono como el resto de las aldeas. Y se preocupa de otros cientos de cosas que se harán evidentes cuando ella falte. Se sabe necesaria y eso la mantiene joven y ágil a pesar de haber cumplido ya los noventa. Ella suele decir que tiene que hacer honor al nombre que le pusieron en la pila de bautismo, Esperanza Consuelo Bárbara. En contra del pronóstico de Elena, su abuela no insiste para que se queden a comer. Incluso parece que tenga prisa por que se vayan. Conoce a Katia desde siempre. Siempre ha sido la mejor amiga de su nieta. Pero nunca ha disimulado su antipatía hacia esa chica que lo tiene todo, una gran belleza, un buen trabajo, un excelente marido, y dos niñas preciosas y listísimas. Elena, sin embargo, a pesar de haber sido desde pequeña una gran promesa, se ha pasado la vida dando tumbos y a sus cuarenta años siente que en el fondo ha defraudado a toda su familia, y en especial su abuela. Aunque no es realmente así. Esperanza se siente orgullosa de ella. Lo que peor le sienta a Esperanza es que su nieta no tenga coche. Se ha ofrecido muchas veces a comprarle uno, pero Elena dice que le da miedo conducir. -¡Santo Dios! ¡Qué poco espíritu! Yo misma estoy pensando en comprarme uno de esos pequeños que no necesitan carné para ir a la sierra. Es una gaita tener que depender siempre de los otros para que te lleven. –dice mirando de reojo a la amiga de su nieta. A veces la mira como a una intrusa. A veces, como a una desconocida.Desde el centro de la calle les dice adiós con la mano. Elena permanece girada hacia atrás agitando la mano hasta que la pierden de vista. Le duele el costado por la caída pero no se queja. Pensándolo bien, la caída de su abuela por las escaleras habrá sido mucho peor y en ningún momento ha dicho nada la señora, como dando por supuesto que lo que no se cuenta acaba por perder toda importancia. Luego baja la visera y se mira en el espejito. Su abuela le ha dicho que tenía mala cara. Tú, en cambio, abuela, cada día estás más joven, le ha respondido Elena riéndose.-Tu abuela es única –dice Katia sin apartar la vista de la carretera. –Tiene razón en lo del coche. Yo me volvería loca si de vez en cuando no pudiese escaparme. Aunque nunca llego más allá de Peñalba. Siempre hay muchos accidentes en esas rectas. Y cuando llego a esa altura pienso en la palomica que no sabrá volver luego.-Pues igual por eso yo no conduzco. Igual es que me da miedo caer en la tentación de escapar y desaparecer una temporada, como Delia Grinstead, la de esa novela tan buena de Anne Tyler. Aunque ésa se va en autobús, me parece.En ese momento pasan por delante del cementerio. Han decidido ir a comer a Sariñena dando un pequeño rodeo por Orillena, por si casualmente encuentran en ese camino alguna capitana. Las dos se giran a mirar el cementerio. Elena está a punto de repetir el comentario de su abuela siempre que pasa por ahí cuando van a Alberuela de Tubo a recoger el aceite o a visitar a sus primas: “Ahí te quedas, don Ricardo, espérame muchos años”.Los móviles siguen silenciosos. Katia ha aprovechado la parada en Lanaja para llamar a casa de sus suegros. Ha comprobado que todo va bien en su ausencia. Los niños comen hoy con sus abuelos y luego Alberto los irá a recoger al colegio. No tiene por tanto demasiada prisa por regresar a Zaragoza. Sin embargo Elena parece nerviosa. Cada poco rato mira la pantalla de su móvil. Comprueba que no se pierde la cobertura y que no tiene ningún mensaje. Está acostumbrada a que Javier le mande piropos o frases cariñosas, o a que la llame con cualquier excusa. Su silencio es síntoma de que está enfadado. Pero Elena no ha notado nada raro cuando se han despedido por la mañana. O no ha querido notarlo. De repente la mala conciencia le pincha en el estómago. Solo se siente culpable cuando las cosas empiezan a torcerse.El restaurante Monegros está lleno. Todo el mundo está terminando de comer aunque solo pasan unos minutos de las dos. El dueño, que ha reconocido a Elena, les prepara una mesa junto al fuego. Le pregunta por su abuela y por sus tíos, y les sugiere la fritada con caracoles y unas costillas a la brasa. Se beben una botella de vino y después de comer se quedan amodorradas al calor de las brasas donde se está asando la carne para el personal del restaurante, que es el único que queda en el local a las dos y media. Elena ha comido muy poco. Katia le ha reñido maternalmente, cada día la ve más delgada. Elena no ha contestado, debe de estar acostumbrada a que le digan lo flaca que está. Pero a ella le gusta estar así, y a Javier también le gusta su delgadez. Cuando ven fotos de algún viaje en las que Elena se ve más rellenita, Javier siempre le dice que está mucho más guapa ahora. Elena le ha llamado entre plato y plato y le ha dicho que le quiere. Después de colgar, Katia ha dicho con tono cansino: “Siempre estáis igual. Qué aburrimiento”. La idea de Katia es ir hasta Albalatillo a enseñarle a su amiga el sepulcro del Señor de Biota. Insiste en que es digno de verse, del siglo XIV lo más seguro, que conoce a Mª Josefa, la mujer que tiene la llave de la ermita, que habría que retratar a ese caballero tan interesante. Y total, son menos de diez kilómetros desde Sariñena. Pero Elena dice que no. Mira la pantalla del móvil y dice que quiere volver a casa. Está cansada, desinflada como un suflé con demasiada levadura. Ha renunciado a la idea de fotografiar las capitanas. En una hora ya no habrá luz para nada. Además se está echando la niebla, esa niebla congelada que por aquí llaman “dorondón”. -Tú es que eres incansable, Katiuska, que cuando sales nunca volverías. Y luego la volandera soy yo –se queja Elena, que solo la llama así cuando quiere hacerle rabiar, como cuando eran crías.Van hacia el coche. Por sus andares se adivina que Katia está un poco borracha".
Este relato corto de la cuentista oscense Cristina Grande es denso, profundo y magnífico para ilustrarnos y hacernos reflexionar sobre una serie nada desdeñable de cuestiones. La búsqueda infructuosa de las volanderas o capitanas monegrinas, como símbolo de la estabilidad sentimental, es llevada a cabo por dos cuñadas en automóvil, Katia que parece disfrutarla en su vida y Elena que no. Quizá porque, al contrario que Katia, Elena tiene miedo a conducir, depende de que otros la lleven, y sin esa autosuficiencia, sin quererse una a sí misma, es muy complicado el que otros te quieran. Se puede caer así en dependencias emocionales apasionadas, pero no se consigue en definitiva ser amada y sobre todo, respetada.De las cuestiones de tráfico, de este texto destacaría la estupenda recreación de la orografía oscense, muy complicada. Aparecen así los accidentes repetidos de Peñalba, lógicos puntos negros porque nos distraemos mucho en las rectas después de un trayecto con curvas. O la niebla congelada, característica de la zona, denominada “dorondón” ante la que debemos aumentar la visibilidad. Y por supuesto, el peligro inherente a estar pendiente del móvil, con el corazón en otra parte, como le ocurre a Elena la pasajera, y el de conducir tras haber bebido, a la supuestamente fuerte Katia. ANGELES PRIETO BARBA
Cuento que podéis encontrar en la Antología de cuentos de los Monegros, que publicó TROPO EDITORES.
Iba yo conduciendo por una de las calles de Hampstead que, como todos sabemos, no fueron diseñadas para los coches y que no hace mucho tiempo eran caminos por los que transitaban caballos y peatones. De pronto se produjo un atasco. Nada extraño. Me detuve. No me quedaba más remedio. Delante de mí tenía un Golf, y delante del Golf, un Escort azul había quedado bloqueado de frente por un furgoneta roja. Sólo que la furgoneta roja retrocediese un par de metros, el Escort podría pasar. Pero la furgoneta roja no pensaba moverse, aunque ello significara que para permitirle el paso, la conductora del Escort (sí, sí, era una mujer) tenía que dar marcha atrás rozando un coche aparcado y luego girar bruscamente para entrar en un espacio exageradamente pequeño desde el que de todas manera sobresaldría demasiado. Si el Escort hacía esta maniobra, la furgoneta roja podría pasar, pero muy justo. Lo más lógico era que retrocediese la furgoneta.
Estaba claro que se trataba de una cuestión de principios. Con los principios nos habíamos topado. La furgoneta roja se enfrentaba a una conductora que no pensaba ceder. El Escort se enfrentaba a un fanfarrón que no se atenía a razones. La conductora, malditas las ganas que tenía de llevar a cabo aquella maniobra absurda de dar marcha atrás y girar casi en ángulo recto para meterse en un espacio ridículo donde ni siquiera entraba el Escort, mientras que para la furgoneta retroceder era cuestión de pocos segundos.
Al otro lado de la furgoneta roja se había formado una fila de coches que se extendía hasta lo alto de la colina.
Empezaron a sonar bocinas. El Golf que estaba delante de mí también la tocó, para hacerles compañía. Luego el hombre del Golf se apeó, se dirigió hacia el Escort, se detuvo junto a la ventanilla y habló con la mujer. Después fue hacia la ventanilla de la furgoneta roja (...).
Fui calle arriba. Si uno quiere, puede girar y volver a entrar en la calle que yo acababa de desembrollar. ¿Por qué decidí hacerlo? El espíritu de la terquedad también se había apoderado de mí. Además, no veía por qué debía desviarme ochocientos metros de mi camino. En resumen no, no hay excusa posible. Me incorporé a la calle unos veinte metros más allá de donde la furgoneta roja se enfrentaba obstinadamente al Escort. Ahora podía ver, más o menos, el perfil de conductor de la furgoneta roja. Era mayor, obeso, y sus mejillas parecían lavadas con agua de hervir remolacha. Un candidato al ataque de apoplejía. De la ventanilla del Escort salía una humareda. Sólo le veía la cara, la fisonomía dura de una mujer que está dispuesta a dejarse matar para defender sus derechos y el sentido común.
Tras la furgoneta roja, la larga hilera de coches bloqueados intentaba disolverse retrocediendo marcha atrás hacia lo alto de la colina para girar después a la derecha y coger una calle paralela a la que yo acababa de dejar. Esto significaba que yo y los coches que tenía a mis espaldas, incluido el Golf, debíamos esperar a que todos aquellos coches retrocedieran e hiciesen la maniobra. Constantemente se iban añadiendo coches a la cola, tocaban la bocina y los conductores se gritaban unos a otros, pues no habían comprendido la gravedad de la situación entre la furgoneta roja y el Escort. El hombre del Golf, el que antes había balanceado las manos en un gesto de tolerancia hastiada de este mundo, ahora no entendía que era lo que me retenía allí. Se asomó a la ventanilla y me chilló, y yo me asomé y le grité que había unos quince coches delante que intentaban salir de ahí. Finalmente se desmoronó. “¡Dios mío, es increíble!”, aulló mientras empezaba a hacer gestos a los coches que tenía detrás para indicarles que iba a retroceder. El espacio era más bien insuficiente y tuvo que meterse en el camino privado de una casa, cuyo propietario salió a protestar que aquello no era una carretera pública. Una conductora de entre los coches que maniobraban detrás, de la camioneta roja los hizo detener a todos, se apeó del coche y fue hasta la furgoneta y el Escort, examinó la escena y luego increpó al conductor de cara rubicunda y a la mujer envuelta en humo: “Supongo que ustedes dos sacarán algo de esto”.
Y regresó a su coche.
Finalmente conseguí acelerar lo suficiente para meterme en un hueco en la fila que subía la colina, justo antes de que otro coche girase delante de mí. Una vez arriba, reduje la marcha para echar un vistazo a la escena: allí estaba la furgoneta roja, allí estaba el Escort, y ninguno de los dos había cedido ni un centímetro.
Con este texto de la escritora británica Doris Lessing, galardonada en el 2007 con el Premio Nobel de Literatura, podemos plantear a nuestros alumnos los problemas de convivencia que se originan en las vías (espacio público). La clave del texto, en mi opinión, no son los principios de la señora que sin lugar a dudas lleva razón, sino las deficiencias en la actitud del caballero con cara de remolacha, pues de nada nos sirve todos los conocimientos posibles en el mundo del tráfico, si no van acompañados de una actitud amable, receptiva, empática, una actitud por la que pueda comprenderse que el prójimo, cualquier prójimo, está aquejado de los mismos problemas y lleva idénticas prisas que nosotros. Si la actitud es positiva, se encuentra siempre la solución más rápida y óptima para salir de los atascos, al igual que ocurre en nuestras relaciones personales o familiares.
Angeles Prieto Barba
5 de noviembre de 1918 – Coromina se ha comprado una motocicleta –una de las primeras que han circulado por el país-. Está radiante y –como es de suponer- se ha convertido en un propagandista incendiario de las motocicletas. Se ha comprado una gorra, unas gafas y unos guantes aparatosos. Da un poco de miedo.
Hoy me ha hecho probar las amenidades del artefacto y con las piernas a horcajadas me he puesto en el asiento posterior –si se puede llamar asiento-. Hemos hecho el circuito La Bisbal-Pals-Begur-Palafrugell. Carreteras infernales, por las que Coromina se ha aventurado alegremente.
La máquina vuela y la sensación de volar me parecería aún más exacta si no fuese por la incomodidad del asiento. Los traqueteos sobre la carretera repercuten en la parte posterior de mi cuerpo a través de un enrejado de hierro inclemente, separado de mí nada más que por una almohadilla, desprovista de sustancia y de tripas. Pero resisto. No hay más remedio.
En un momento determinado se vuelve un poco hacia mí y me dice:
- ¿Va bien? Marchamos a sesenta por hora...
- Muy bien. El culo me hace mucho daño, no sé si lo podré resistir pero, en conjunto, me parece magnífico...
- Ya se acostumbrará...
- A fuerza de años quizá sí... ¡Ya veremos!
En Begur hacemos una parada y tomamos una copita de coñac. Es la bebida de los que tratan con motores y herramientas de hierro. Pienso un momento en el viaje. Constato que no he tenido un instante de miedo. Si no fuese así también lo diría. La velocidad me ha fascinado pero en ningún momento me he visto lo que se llama embriagado. Son momentos únicos, cierto, durante los cuales muchas cosas quedan eliminadas del pensamiento. Pero no todo se elimina. La máquina me ha causado siempre una sensación de seguridad –por ejemplo-. Otra cosa que he tenido siempre presente: que las nalgas se me iban haciendo una torta deforme y dolorida.
-¡No piense usted en esto...! –dice Coromina serio y envarado.
-Como quiera...
En esto, Lola Fargas pasa por la plaza, vestida de invierno. Me parece una pura maravilla. Parece imposible que las mujeres, generalmente deformes y horribles, puedan ofrecer creaciones como ésta, concretas y precisas. ¡Qué hermoso sueño! Trato de llevar a Coromina hacia mis pensamientos. Pero es inútil. La máquina le obsesiona. Se ha vuelto un motociclista tan perfecto que se escapa del tema con una sentencia de maestrillo. Dice:
- ¡Sí, todo lo que quiera! Pero esta belleza huye, como el camino que la moto deja atrás...
La carretera vieja de Begur es infernal y en el camino de vuelta tenemos que prescindir de la embriaguez de la velocidad. A pesar de esta necesidad, la parte posterior de mi cuerpo continúa sufriendo. Llego a casa dislocado, deshecho y trastornado como si me hubiesen dado una gran paliza. Bien mirado, sin embargo, lo peor del viaje habrá sido la frase de Coromina. La frase demuestra que las máquinas crearán una literatura horrible.
Hoy reproduzco aquí una obra maestra. Un texto magnífico, en el que nada es desaprovechable para reflexionar y abordar así nuestra educación vial. Así pues, propongamos actividades para trabajarlo en clase.
1.Situación espacial y estudio de mapas. Solicitaremos a nuestros alumnos que nos consigan, utilizando los medios informáticos a su alcance, un mapa con el itinerario que Pla recorre en su primer paseo: La Bisbal-Pals-Begur-Palafrugell, que nos servirá para determinar qué carreteras hay que recorrer ahora hasta completarlo y cuánto tiempo nos llevaría recorrerlo a una velocidad adecuada.
2. 1918, los sistemas de seguridad de la época. Busca y señala qué elementos de protección utiliza Coromina, el motorista amigo de Pla e indica porqué son insuficientes.
3. El alcohol. Pla afirma que “el coñac es la bebida de los que tratan con motores y herramientas de hierro”. ¿Algo qué decir sobre esta mezcla tan curiosa?.
4. La resistencia que opone Pla a la embriaguez de la velocidad y su sensación de seguridad en moto, ¿las consideras lógicas?, ¿en vuestro caso, no ocurre al revés?
5. La máquina frente a la mujer y el destino de la literatura. Observamos que en este texto el autor, sin renunciar a su tradicional misoginia ("mujeres generalmente deformes y horribles"), se permite piropear a una tan sólo para reflexionar luego sobre los cambios que acontecen en la vida cotidiana Porque si las máquinas nos imponen un ritmo que hacen que la belleza femenina, inspiradora de poemas, quede raudamente atrás, ¿qué horrendas perspectivas le esperan a la literatura?. Y es por ello que podemos preguntar a los alumnos, aprovechando esta reflexión, qué leen ahora y en consecuencia qué opinan de estos presagios literarios tan agoreros de Josep Pla.
"AHÍ ESTÁ LO MALO: Que ustedes creen que yo no le hice caso al alto. Y sí. Me paré. Cierto que nadie lo puede probar. Pero yo frené y el coche se detuvo. En seguida la luz verde se encendió y yo seguí. El policía pitó y yo no me detuve porque no podía creer que fuera por mí. Me alcanzó en seguida con su motocicleta. Me habló de mala manera: «Que si por ser mujer creía que las leyes de tránsito se habían hecho para los que gastan pantalones.» Yo le aseguré que no me pasé el alto. Se lo dije. Se lo repetí. Y él que si quieres. Me solivianté: la mentira era tan flagrante que se me revolvió la sangre. Ya sé yo que no buscaba más que uno o dos pesos, o tres a lo sumo. Pero bien está pagar una mordida cuando se ha cometido una falta o se busca un favor. ¡Pero en aquel momento lo que él sostenía era una mentira monstruosa! ¡Yo había hecho caso a las luces! Además el tono: como sabía que no tenía razón se subió en seguida a la parra. Vio una mujer sola y estaba seguro de salirse con la suya. Yo seguí en mis trece. Estaba dispuesta a ir a Tránsito y a armar un escándalo. ¡Porque yo pasé con la luz verde! El me miró socarrón, se fue delante del coche e hizo intento de quitarme la placa. Se inclinó. No sé qué pasó entonces. ¡Aquel hombre no tenía ningún derecho a hacer lo que estaba haciendo! Yo tenía la razón. Furiosa, puse el coche en marcha, y arranqué..."
"ÍBAMOS COMO SARDINAS y aquel hombre era un cochino. Olía mal. Todo le olía mal, pero sobre todo los pies. Le aseguro a usted que no había manera de aguantarlo. Además el cuello de la camisa, negro, y el cogote mugriento. Y me miraba. Algo asqueroso. Me quise cambiar de sitio. Y, aunque usted no se lo crea, ¡aquel individuo me siguió! Era un olor a demonios, me pareció ver correr bichos por su boca. Quizá lo empujé demasiado fuerte. Tampoco me van a echar la culpa de que las ruedas del camión le pasaran por encima."
Puro humor negro es lo que nos transmite Max Aub, en sus "Crímenes ejemplares", a la hora de abordar los problemas de Tráfico o Tránsito, como se le denomina comúnmente en los países hispanoamericanos. En ambos textos las asesinas, para variar, son mujeres absurdamente insultadas por el comportamiento o simple presencia de varones que ellas consideran abusivos y avasalladores. De cara al alumnado, son interesantes estos textos para explicarles con humor que hemos de gestionar con inteligencia las emociones que el tráfico nos produce y no trasladar a ese mundo nuestros problemas y obsesiones. Sólo hacerles pensar cuántas y cuántas peleas absurdas se originan por este motivo verdadero de incontención emocional, en el que las leyes de Tráfico sólo son excusa, esas que podemos contemplar a diario en nuestras calles y carreteras.